Suelo escribir sin ningún tipo de semántica estricta; tan solo dejar volar pensamientos, sentimientos, afectos, ideas, emociones, dejar libre a esa sabiduría dionisiaca que tan pocos suelen “experienciar”. Pero, ando consternado, pasmado, constreñido. Y necesito criticar, explotar, arremeter. Y en mis andadas universitarias, en mis conversaciones, en mis observaciones, pude percatarme de un aspecto de mas conocido, pero siempre olvidado, siempre relegado, siempre desechado. Y claro, que institución para más perversa y misericordiosa posee esa encomiable tarea; nada más que la vil y demente construcción e invención social; llamada iglesia. A veces me cuestiono, sobre la razón que tuvo Constantino para dar libre curso a un cristianismo anti-natural, anti-vital, pero el sentido de esta reflexión no va orientada a esa finalidad. No obstante, es importante recalcar su intromisión magnánima para otorgar al cristianismo una expansión social y política. Ahora bien, al parecer me he desviado del esfuerzo aparente expuesto en las primeras líneas, pero es justo ahora luego de una especie de preludio ofensivo anti-cristiano, donde quiero retomar mi accionar “deconstructor”.
El yo, desde la perspectiva psicoanalítica, tiene que hacer frente a impulsos vehementes, amorales, ilógicos y completamente vitales. Sin embargo, su tarea no termina allí, sino que ha de preocuparse por el carácter externo moral de la sociedad. En ese trance interno-externo, el yo ha de cuidarse también de su propia existencia para no caer en las garras de ambos bandos y no auto-destruirse, quedando inmerso en delirios inconscientes o en recalcitrantes mandos morales. Que misión para mas suicida, pero gloriosa, divina y sobre todo, necesaria. Aunque, si mi principio de realidad se viera afectado en demasía preferiría dejar libre curso a mis instintos que avasallarme por inventos racionales irracionales. Retomando, el sentido y “orden”, entre las diversas características que puede poseer el “yo”, cual es el mas preponderante, el de gran envergadura; creo que Stirner no se equivocaría en decir egoísmo. Que palabra tan sublime, fausta y jovial. El ego individualista-narcisista actúa por doquier en todas las acciones humanas, desde las mas “deplorables” hasta las mas “amorosas”. Hasta que punto, el rebaño democrático y cristiano aun no puede darse cuenta de tal “calamidad” (seguramente, seria el calificativo que le pusiera cualquier persona dogmática ortodoxa, asco). La meditación expuesta queda sustentada, argumentada, justificada en las múltiples observaciones que al parecer tienen un carácter altruista y hasta filantrópico. Estaba cómodamente sentado recorriendo el trayecto cotidiano y usual hacia mi hogar, cuando una viejecilla sube al micro, automáticamente, casi roboticamente dos personas se paran con la misión de cederle el asiento. ¿Porque?. Veamos la perspectiva moralista de un cristiano (porque tanto mi obsesión con ellos, tema de otro escrito). “La persona tiene que concederle el sitio, ya que tendrá un punto en el cielo”. La ultima expresión extraída de un comentario de un compañero. También podría funcionar, “Hay que hacer el bien y eso implica tener “respeto por los mayores”. En contraposición a lo ejemplificado, estaba en otra ocasión regresando nuevamente a mi casa (haciendo gala de un sedentarismo hipócrita y monótono) y pude apreciar la misma escenificación, con una única pero gruesa diferencia. La persona se negaba férreamente ha ceder el asiento. Su voluntad era firme y afirmadora. En ese instante, una manada de insulsos e ineptos comenzó con la instigación y la repulsión moral. “No seas irrespetuoso, dale el asiento”. Claro, cabe resaltar los dos bandos, los fervientes religiosos que llamaban a su mama-iglesia para el proceso de argumentación y los demócratas férreos que llamaban a su papa-estado para decir: “La ley lo estipula”. ¿Ley?, acaso he aprobado esa ley yo, acaso he sido participe de la democracia directa, porque he de hacerlo. Estas palabras son mías, tratando de ejercer telepáticamente alguna salida para el joven castigado moral y judicialmente. Finalmente, la trama se vio desenvuelta cuando el joven resignado y abatido tuvo que otorgarle a la señora “moribunda” el bendito y ansiado aposento.
Al realizar una acción hermenéutica de la situación, seguramente el primer ejemplo posea cierto grado de distinción y alabanza por parte del rebaño. Pero, a ellos no les gusta mirar profundamente, tienen una incapacidad para adentrarse en lo inagotable de su ser. Tienen que hacer uso de recursos externos tradicionales para defender estupidamente su posición. De igual forma, los asnos demócratas, apuntan a vivir plenamente subordinando su propia voluntad. Que actitud para más deplorable y rechazable para un ser humano que quiere superarse, que quiere aceptarse, que quiere incondicionalmente afirmarse, aferrarse a la existencia sentimental y pasional. Y por supuesto, la acción del personaje descrito en el primer ejemplo seria digno de elogio y de una adulación tremenda. Solo que no estaría oyendo a su propio ego, estaría avasallado por las expectativas de entes débiles y lascivos. En contraparte, el segundo ejemplo resulta claramente un accionar coherente y congruente entre la voluntad interna egoísta y su comportamiento. Si tuviera que alabar a alguien seria a este segundo “héroe social”. Su voluntad es insuperable. Si bien al final tuvo que ceder, el grito interno fue liberado. Lamentablemente héroes escasos como este están siendo sistemáticamente absorbidos por ideológicas abnegadas y sumisas. Es urgentemente necesario crea una rama ideológica con basta difusión que haga saber plenamente el egoísmo que reina en nuestros corazones. Ese sublime afecto (ser, sentir, percibir y pensar) que busca nuestra propia superación, que busca nuestra propia idealización, que busca nuestra propia conservación. Si se sigue pensando al egoísmo como un afecto hostil, negativo, desechable (postulados cristianos) estamos condenados a dejar de lado nuestra conciencia dionisiaca y consecuentemente, abandonar nuestra ser interno, introspectivo, laudable. Así, no basta reconocer el inmenso y extendido disparate propuesto por la mayoría de dogmas, sino dar libre curso a ese egoísmo intenso, exquisito y sumamente, verosímil.
Hay que destapar nuestros corazones, yendo al centro, a esa fuente inagotable de conocimiento. Indagar con horror nuestro sentir, nuestro pensar. Hay que convertir la vida en una obra de arte. Hay que convertir la vida en un drama griego. Cada día es un sufrimiento mayor, el saber nuestra disposición egoísta de repente para los cristianos es una maldición, pero para mi es una oportunidad, es una fuente de energía, una caudal de posibilidades que no pienso dejar, por viles y nauseabundos postulados estatales y cristianos (siendo ambas instituciones entrelazadas la perdición humana en todo su esplendor).