Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano (pagina 172, aforismo 225)
He de confesar que estas líneas no solo me hicieron vertir lagrimas de exaltación y emoción, sino que las reacciones somáticos fueron practicamente inevitables; sudoración, ardor en la frente, palpitación (cerca seguramente a una taquicardia) y un completo revoltijo en el estomago. El deseo apremiante en ese instante paroxístico era uno solo; gritar de manera descomunal, vociferar a los cuatro vientos la dicha y regocijo por tales palabras singulares y devastadoras. Me vi frustado al observador a mi alrededor un silencio sepulcral; me encontraba en medio de la biblioteca en la Universidad. A duras penas, tragué el volcan en erupción y lo contuve con una dificultad sobrehumana. Pero, el sentir no se mantuvo callado, sino que asaltaba mi concentración a cada momento. Me inquietaba, me movia, me llamaba. No podia atenuarlo, tampoco quería. Era totalmente necesario liberar ese espíritu libre, dejarlo volar con su mirada aguda e inocente, dejarlo que surque por los campos del conocimiento y la verdad. Era completamente indispensable para mí trémula templanza que creará y produjera este blog.
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